La Casa del Viejo.
Era una noche particular. La Tierra se sentía en calma. En el infinito espacio nocturno, lo único que lograba divisar, eran las estrellas en el cielo más oscuro que pudieran imaginar. Me sentía en paz, cómodo, con una tranquilidad nunca antes obtenida. Todos mis Sentidos se abocaban a relajarme y tratar de olvidar los problemas que tanto me abrumaban. Pero esa tranquilidad, ¿era común? ¿Desde cuándo en la casa del viejo había este silencio y esta tranquilidad? Con preocupación, agarré la linterna y salí de la cama. Me dirigí hacia la puerta. Las bisagras, rechinaban como siempre, eso ya era común. Salí del cuarto, y traté de observar todo con detenimiento, todo seguía igual, pero teñido en un ambiente totalmente calmado, y sin ningún sobresalto. Pero algo me llamó la atención. La luz enceguecedora de un rayo en el medio de la noche. ¿Cómo podía ser posible si hacía un momento se veían las estrellas? En ese instante las paredes se transformaron en telas, suaves y frágiles telas. Que me iban atrayendo hasta lo más oscuro de la habitación. Por mi peso, las telas se rompieron y se hizo un enorme agujero, que me tragó. Llegué a un lugar oscuro y frío. Lo único que sentía era la desesperación de querer salir, de saber qué pasaba y sobre todo de sobrevivir. Esta noche tan calma, se había trasformado en un verdadero infierno.
Después de buscar y buscar una salida, me resigné. Y esperé sentado. Hasta que desde el fondo de este lugar, apareció un ojo, pero no era cualquier ojo. Era un ojo grande, medio achinado y con cierto color rojizo, que llamaba mucho la atención. Sin saber por qué, me acerqué a él y al tocarlo, me desperté. Todo había sido, un oscuro y tenebroso sueño.
FIN







































